La torre de cristal

agosto 19, 2007

La Torre de Lya

[Bosque Alto, 2 al 5 de Flamerule, 1372 CV Año de la Magia Salvaje]

[Semiplano desconocido, 5 de Flamerule, 1372 CV Año de la Magia Salvaje]

¡Ziummmp!

La flecha pasó a escasos centímetros de la oreja de Lya Sinnaodel mientras ésta buscaba cobertura entre el denso follaje de aquella zona del Bosque Alto. Los primeros rayos del sol iluminaron las gotas de sudor que le recorrían el rostro. Era Flamerule, y el calor en el interior de la foresta comenzaba a notarse. Bajo su oscura armadura tenía los músculos tensos, apretados, comprobando inconscientemente una y otra vez el arco y su cuerda… esperando la oportunidad como un cooshee acercándose a la presa…

Aprovechándose de su posición observó a sus compañeros. Kelmer, el druida humano, apoyaba su espalda contra la rojiza pared caliza de aquellos dólmenes que se habían transformado en la reciente obsesión de Lya. El barbudo hombretón agarraba con firmeza su escudo y su espada de luz brillante, esperando a sus enemigos, que les habían sorprendido en aquel claro de extrañas piedras, erigidas tiempo atrás por quién demonios sabía quien. A sus pies aún se desangraba lentamente el cuerpo del Puño de la Guardia de Aguasfuertes que había servido de cebo para la emboscada. A su derecha, el “nuevo”, un medio orco de pocas palabras recibía el impacto de una de las flechas del ar’quessir que se encontraba subido a las piedras y que por lo que parecía tenía buena puntería. Por suerte para sus intereses, Lya comprobó que la armadura protegía al tal Drachenn de una herida mortal. Ahora sólo tenía que aguardar el momento oportuno para aparecer por la espalda de uno de aquellos elfos y usar sus flechas con eficacia. Y entonces lo vio… O sus ojos la engañaban o los rayos del sol perfilaban la figura de una prístina torre en el interior de aquel claro. ¿Sería cierto? Se mordió la lengua para no gritarlo a sus compañeros. Se reprimió de decirles que era verdad, que Celahir tenía razón, que aquella podía ser la torre de Mourel, el caminante del crepúsculo. La elfa se había pasado muchos días con su amigo en la biblioteca de Velti’Enorethal, buscando información sobre aquel que había sido uno de los magos más importantes earlanníes y que había caído preso de su propia paranoia, escondiéndose en una torre cuando las hordas de Ascalhorn pergeñaban un inminente ataque. Con los ojos abiertos como platos se incorporó un poco más, contemplando aquello por lo que había luchado encontrar desde su salida de Evereska, meses atrás. Le vino a la memoria la seductora sonrisa de Rymolen. Si aún seguía vivo, pues no había respondido a sus mensajes, se alegraría de saber de su éxito.

 

Dicho éxito le había costado bastantes preocupaciones. Si hubiera sido una humana probablemente se hubiese rendido. Pero la insistencia de los Sinnaodel era legendaria. Cuatro días atrás estaba en la taberna del Jabalí Rojo convenciendo a Kelmer para que la guiase a aquel punto señalado por Celahir en medio del Bosque Alto. El humano le había costado algunas de sus recientes “adquisiciones”, pero al fin consiguió que cediese. Y menos mal pues el viaje hacia el interior de la vegetación no había sido precisamente un camino de rosas. Mucho menos con el mercenario que había contratado por unas míseras diez piezas de oro. Lya se había aprovechado de la inexperiencia del semiorco para cerrar un trato que a ella le había traído poco más que miradas entre despectivas y curiosas por parte del fornido Drachenn y poca ayuda. Pero estaba segura que el enorme hacha que llevaba a la espalda, más grande que ella, tarde o temprano valdría mucho más que el oro que había pagado. Y eso no era to…

 

Lle usquenera ve’bhen… – sonó a su costado, seguido de un corte en la mejilla que le hizo chillar de dolor. ¡Por los pies de Erevan! Se había ensimismado contemplando la torre y su enemigo se había acercado lo suficiente para decirle que “olía como un humano”. Lya rodó por el suelo, enredándose en las ramas más de lo que le gustaría, esquivando los golpes de aquel siniestro cuchillo del elfo. Durante unos instantes lo observó con detenimiento. Bajo la pintura de camuflaje y la capa se podía distinguir a un elfo dorado, no cabía duda. Llevaba los cabellos recogidos, como solían hacer los de su raza cuando se preparaban para combatir. Sus ojos almendrados azules la miraban con desprecio y su boca se torcía de manera desagradable al mirarla. Sus armas y las joyas que lucía eran antiguas y tradicionales ¿Qué harían aquellos elfos allí? En fin, meneó la cabeza para esquivar un nuevo tajo del ar’quessir, tan cercano que la pícara pudo ver que en la empuñadura se habían tallado unas calaveras. Uf… siniestro. Mejor no pensarlo. Con frialdad esperó a que el elfo se acercase de nuevo y abriese su guardia. En el momento preciso su flecha salió con intensidad y se clavó en la garganta de su enemigo, que cayó rodando al suelo y pataleando lanzando gorgojeos. Lya le dió una patada y buscó a sus compañeros. El druida se había desecho del que parecía el líder de aquella partida de guerra élfica y estaba acosando al tercero de sus enemigos, ayudado por Drachenn que lucía una espantosa herida en un costado. El elfo no se rendía a pesar de que Kelmer le ofrecía la posibilidad una y otra vez en el musical idioma espruar. Era hora de acabar con aquella farsa. La elfa lunar apuntó y su flecha atravesó el pecho del desprevenido enemigo. Con indiferencia volvió a contemplar la torre, a ver si seguía allí. Se había demostrado a sí misma que lo más importante era lograr sus propios objetivos, independientemente de las consecuencias que eso conllevase. Cualquier otro elfo se horrorizaría al matar a otro de su especie… pero desde que sabía que Evereska estaba amenazada Lya había aceptado el pragmatismo como forma de vida.

 

Kelmer la miró con cierta actitud reprobatoria mientras ella se acercó con paso ligero hacia los cadáveres. Drachenn se divirtió sacándole los ojos a su enemigo, en un acto ritual “desagradable”,por decirlo de manera suave.

 

¿Qué? ¿qué pasa? – le espetó al druida, mientras haciendo caso omiso de Drachenn y sus bárbaras costumbres, arrancó sin miramiento los colgantes del elfo caído. – ¡Y ahora a la torre! ¡Miradla! ¿No la veis allí? – dijo señalando el vacío.

 

Sus dos compañeros la observaron como si estuviera loca. ¿Acaso no la veían?. Desde luego no gozaban de la aguda visión de los de su raza, pero para ella era cristalina. El semiorco le dijo:

 

Mmm… vamos a buscar esa torre invisible, elfa.- y la empujó sin demasiados miramientos hacia el interior del círculo.

 

Lya atravesó lo que ella pensaba que era la torre, como si se tratase de un espejismo. Las risas de Drachenn mientras le hacía gestos al druida de que estaba loca se oyeron hasta en Aguasfuertes. Ella desesperada recorría una y otra vez el interior del círculo de piedra, arañando el aire a la espera de encontrar una puesta o algo que la llevase hasta el grial que Rymolen le había dicho que si lo encontraba sería fundamental para la protección de Evereska, y que según sus deducciones estaba en esta torre.

 

* * *

 

Media hora después el sol ya se alzaba en su plenitud, sus rayos penetrando con dificultad las ramas de los altos árboles que formaban el corazón sur del Bosque Alto. El hedor de los cadáveres quemándose se había hecho más evidente. Kelmer se había empeñado en dar sepultura al guardia, al que decía que conocía, de nombre Gregor, y Drachenn y ella se habían encargado de inmolar los cadáveres de los elfos. Bueno, Lya había ayudado poco tiempo… el semiorco se bastaba por sí mismo. Ella se había limitado a sentarse apoyada en el árbol, esperando que aquella torre apareciese de la nada, mientras revisaba las anotaciones de Celahir. ¿Por qué tendría que haberse muerto en aquella maldita cueva? Con más luz la silueta de la extraña construcción se había hecho visible a todos, por lo que sus compañeros tuvieron que darle la razón. Pero aún no habían hallado el modo de entrar.

 

Kelmer se arrodilló a su lado:

Tranquila, elfa. Encontraremos un medio de entrar, igual que un ratón siempre encuentra su camino hasta el queso. – dijo con una sonrisa de oreja a oreja. – De todos modos ¿has probado a entrar por la puerta?

 

Y dicho esto el hombretón se acercó a los dólmenes, que según él eran una especie de santuario druídico, y… desapareció. Lya corrió hacia la entrada, apenas sin dudar, y cruzó. Unos minutos después, Drachenn se encogió de hombros, miró a su alrededor y también atravesó la puerta que les llevaría a la torre oculta desde hacía más de 400 años.

 

* * *

En el 880 según la cronología de los valles, anticipándose a la definitiva caída de Earlann, Mourel Duskwalker, caminante del ocaso, un ar’quessir que había sido consejero de la Corte siglos atrás, pero que sus recientes contactos con los humanos le habían llevado por el lado oscuro, decidió ocultarse del mundo para siempre para continuar su búsqueda insaciable de poder. Su torre, erigida en el centro de un antiguo enclave de rocas de origen desconocido, se desvaneció del mundo, ocultándose a ojos de todos. Para los elfos fue un alivio, pues sus prácticas arcanas se habían transformado mucho tiempo atrás en incompatibles y aberrantes para el resto de mágicos del imperio. Sus contactos con otros planos y la necromancia habían vuelto loco y paranoico al elfo, por lo que su desaparición fue una bendición, y sus logros casi borrados de las crónicas. Celahir y Lya hubieron de rebuscar en ancianos documentos para obtener algo de información. Pero ahora habían llegado hasta allí…

La torre era de color blanco, casi cristalina, rodeada por un campo de energía mágica. Los cuatro siglos habían deteriorado el resto del complejo. El tal Mourel, según las crónicas de Celahir, se había llevado consigo a unos cuantos soldados retirados para que le ayudasen en el mantenimiento de la torre. Si aún vivían no había rastro de ellos. Kelmer y Drachenn golpeaban alguna piedra aquí o allá y exploraban los alrededores, bajo un irreal cielo rojizo. El druida había sentido una perturbación extraña en el ambiente, como si se hubiese alejado miles de kilómetros de la naturaleza, de la Dama y de sus criaturas. Desde luego aquel lugar no le gustaba y mostraba su rechazo abiertamente. Tras la exploración de las ruinas habilitaron unas sillas y una mesa para comer algo y contemplar el siniestro, pero a la par atractivo espactáculo que eran los alrededores del complejo. No había nada, excepto una bruma extraña, que les hacía presagiar que estaban muy lejos de Aguasfuertes. Lo peor había sido la desaparición ante sus ojos del círculo de dólmenes… y por tanto su salida. Si había algún modo de regresar estaría dentro de la torre.

Lya por su parte había corrido hacia el interior de la torre, pero su ímpetu se vio frenado por una especie de barrera mágica, que le impedía acceder al interior. Y entonces fue cuando lo vio. Entre la barrera y la torre la contemplaba el rostro sin ojos de un anciano elfo, que gritaba y sollozaba palabras ininteligibles. A la mente de la joven vinieron las historias de niña que hablaban de banshees, baelnorn y liches. Durante unos instantes tuvo miedo. Un miedo incomprensible para un humano, pero muy arraigado entre los elfos, que suelen guardar mucho respeto hacia sus muertos. Si aquel era Mourel dudaba que le dejase entrar en su torre con facilidad. Resignada había pasado un par de horas intentando superar su miedo, abstrayéndose en leer sus anotaciones, la carta de despedida de Rymolen, que nunca había llegado a entregar, y pensando un plan de actuación. Tenía que haber otra entrada.

Siguiendo su instinto natural, Lya buscó algo que quizás les permitiese pasar aquella barrera mágica. Apartó las maderas y exploró los edificios. Aquella roca en medio de la nada tenía que tener algún agujero. Y lo encontró.

En los antiguos barracones de los guardias había un gran depósito séptico, una letrina cuyo sucio contenido se perdía al menos unos seis metros bajo suelo. El agujero no era muy grande, pero al menos había esperanza. Lya corrío a convencer a Kelmer y Drachenn, que con un gruñido aceptaron cavar y descender por aquella chimenea natural. La luz de la espada de la Orden de Jade iluminó, para consternación de la elfa, que una criatura se había adueñado del lugar. Acostumbrada a alimentarse de excrementos y la propia suciedad generada por éstos, al oler carne fresca, vivita y coleando, no pudo reprimir intentar cazar a su presa. Cuando los compañeros recularon pozo arriba, el otyugh, los siguió para intentar atraparlos con sus tentáculos acabados en bocas llenas de dientes.

El hedor era casi insoportable, pero Lya peleaba como podía, recibiendo las instrucciones del druida y el semiorco. Sin embargo uno de los tentáculos la elevó por los aires, golpeándola una y otra vez contra el muro. Drachenn intentaba hacer que la tenaza del otyugh no le rompiese el espinazo, gruñendo por el esfuerzo. Mientras tanto Kelmer que se parapetaba tras su escudo, recibiendo los arañazos y mordiscos del monstruo, al ver a sus compañeros en peligro, se lanzó con fiereza sobre el bicho, ensartándole la punta de su espada en el corazón. Inmediatamente la fuerza de los tentáculos cedió y el carroñero cayó por el agujero. Ahora tenían paso libre hacia las entrañas de aquel islote… fuera lo que fuese lo que se ocultaba tras el pozo. Sólo había que quitar algunos obstáculos de en medio. Drachenn se encargaría.

* * *

Lya ahogó un gemido de dolor cuando Kelmer le apretaba el vendaje en el costado. Habían conseguido un par de minutos de descanso en una sala alargada llena de columnas finas, de mármol blanco. La pícara había caído en un pozo cuando escapaban de un par de osos lechuza que los perseguían. Su resbalón le había torcido el tobillo y las púas del fondo casi le habían sacado las entrañas. Se recordó a si misma el no ser tan impetuosa la próxima vez. Desde luego aquella no era la entrada de invitados a la torre. Su propia curiosidad la había llevado a trastear en la guarida de aquellas enormes bestias, que los habían sometido a una persecución sin cuartel por aquellos pasillos adornados con celosías élficas y sin visos de formar parte de la Torre del que Caminaba en el Ocaso. Por lo que había visto la joven elfa, las criaturas se habían instalado en aquellas estancias y no habían comido algo de verdad desde hacía tiempo. Un suculento cuerpo elfo en buena forma era mucho más que lo que podían desear… por eso se lanzaron tras ellos como posesos.

Y luego había estado lo de los sarcófagos. Aún recordaba el “noooooo” que salió de la boca del druida cuando le había dado por toquetear las cosas de aquellos guerreros élficos para intentar ayudar en el ataque del oso lechuza. Evidentemente ella no tenía la culpa de que los esqueletos de aquellos guerreros se animasen. Poco después todos se habían visto envueltos en una maraña de brazos esqueléticos, golpes de hacha doble y puntillazos de estoque mientras el druida oponía una dura defensa del pasillo para evitar que el gran oso búho se uniese a la fiesta. Lya se palpó la cara ensimismada, donde estaban las heridas de las garras de los esqueletos y sus oxidadas armas, pensando en lo mal que lo habían pasado todos escuchando como la bestia grande se estrellaba una y otra vez contra el escudo de Kelmer, empujándolo hacia la sala, y el semiorco y ella se defendían con uñas y dientes de la decena de muertos vivientes. Pero una vez más lo habían superado. Y de nuevo su propia curiosidad la había puesto en evidencia cuando los cofres de la sala en la que había unos aventureros muertos, habían cobrado vida. Si no llega a ser por el hacha del mercenario semiorco probablemente no lo habría contado.

En realidad había visto la muerte muy de cerca. Mientras el druida le ponía una venda más rodeándole el cuello, Lya Sinnaodel recordó como no había comprobado el suelo en aquella sala de las estatuas arrodilladas, y una guadaña que con fuerza casi le había sesgado la cabeza. Gracias a Erevan Ilesere que se había apartado a tiempo. Había acabado tirada en el suelo, semi-inconsciente, en un charco de sangre. Un mal final para la historia de un bardo. Menos mal que el semiorco y el druida estaban allí para ayudarla a reponerse.

Meneó la cabeza cuando Kelmer le ofreció un brebaje que calmaba el dolor. No lo necesitaba. Le gustaba saber que estaba herida por haber seguido sus convicciones. Notaba cierta tensión en el ambiente provocada porque no habían hallado ninguna salida que les llevase hasta la torre, ni tampoco solución alguna que les permitiese escapar de aquel lugar, pero ella era lo suficientemente cabezota para continuar. Recordó las palabras de hace unas semanas del clérigo Adrun, que le habían dolido cuando le dijo: “no pienso ir a ningún plano de forma toroidal en el que se haya ocultado un viejo elfo… normalmente no suelen ser lugares agradables.” Cuanta razón tenían aquellas palabras. Pero para eso habían ido allí, para romper mitos. De un salto se levantó y con entusiasmo dijo:

¡Sigamos! No podemos quedarnos aquí. Tiene que haber una entrada en algún lugar…

* * *

[Personaje] – [Ordinarios]+[Extras]+[Objetivos]+[Trasfondo]+[Interpretación]
  • Drachenn [som Gue 2 – Draco]
  • 1783 + 0 + 0 + 0 = 1783 Px [2783 Px]
  • Kelmer [hm Dru [Mielikki] 5 – Orlak]
  • 1433 + 0 + 0 + 0 = 1433 Px [12.408 Px]
  • Lya [elpf Pic 4 – Anuk]
  • 1633 + 150 [25% trampas] + 175 [Llegar torre] + 0 = 1958 Px [8743 Px]

MPJ: – Por determinar hasta el cierre de la aventura.

Ilustración Alien Tower, por Leventep (Deviantart)
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2 comentarios to “La torre de cristal”

  1. lyasinnaodel Says:

    No es suficiente, desde luego que no es suficiente, tiene que haber algo aqui entre este millon de notas y anotaciones… pero si casi pesan mas que mi armadura. Llevo meses encerrada en una biblioteca entre libros y más libros para terminar aqui, sin saber como salir… y mucho más importante en este momento como entrar.
    Sobretodo porque el humano y el semiorco se empiezan a poner nerviosos y si encuentran alguna salida antes que yo una entrada me quedare sola. Aunque seguramente la salida estara dentro de la torre, al menos eso espero.
    AAAHHH!!!! no hay nada en estas notas, Celahir porque diablos te fuiste y me dejaste sola entre humanos y semihumanos… que además no tienen ni idea de magia, hubiera sido un detalle dejar escrito algo sobre que diablos es esto y porque no puedo entrar ahi.
    Me estoy alterando y no puedo permitirmelo, no puedo, no puedo, no mostrare debilidad ante de estos elementos… revisare esto una vez más.
    Por Erevan que encontrare la forma de meterme hay dentro.
    Vaendin-thiil. Vaendaan-naes.

  2. uziel0558 Says:

    Tienes un blog muy interesante.
    SALUDOS.
    ::CÉSAR


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